Siempre hemos sido seres conectados a otros seres y, también, a las cosas. Podríamos decir, incluso que más que seres somos interseres, porque sin conexión, sin mezcla, no hay vida.

 Pero no cualquier tipo de conexión es positiva para la vida. Tampoco es buena una conexión tan intensa que nos aleje de nuestra esencia o que aniquile nuestra capacidad propia de reacción. Las madres y los padres de todas las generaciones -o al menos así es en mi familia y en las de mis alrededores-  siempre hemos sentido preocupación  por eso, por con quién se estarían mezclando nuestras criaturas, por los hábitos que adquirirían en su contacto con otras personas. También deberíamos  habernos preocupado y seguir preocupándonos por los hábitos y modelos  que les trasmitimos desde casa, pero esa es otra historia para otro momento.

Con internet la exposición a otras personas se ha multiplicado de manera exponencial, Llega un momento en el que cuándo hablamos con nuestros hijos e hijas nos asaltan las dudas,  ¿estamos hablando con ellos o con un grupo de influencia? ¿Cuándo se quedan en silencio horas o casi días completos, son ellos los que crean el muro o es un muro colectivo? ¿O el muro lo hemos creado las personas adultas más que ellos? Es difícil averiguarlo cuando lo que se desconoce es mayor que lo que se conoce,  y esa es la situación de muchos padres y madres, y especialmente en la era de internet. Desde luego es la mía, que tengo más preguntas que respuestas.

Creo que internet ha significado para  la humanidad un poder inmenso, la hiperconectividad, que además se le ha entregado sobre todo a la infancia y a la adolescencia.  Pero es un poder muy difícil de manejar y con una fuerte tendencia paradójica. Cada vez son más los flujos de internet  que usan la hiperconectividad precisamente para  anular la capacidad de las personas de  conectarse consigo mismas y  de conectar con los demás seres, a través de la promoción hasta la saciedad de hábitos insanos. Niños y niñas están siendo invadidos por adicciones que,  como siempre ha sido,  tienen el don de la anestesia, del alejamiento de los propios sentimientos, preocupaciones, sufrimientos, pensamientos,  deseos. A través de internet se está captando a menores y a jóvenes para un consumo adictivo, anestesiante, de comida, de alcohol, de otras drogas,  de autolesiones, de violencia, de pornografía, de cuerpos. Anulan el sufrimiento tal vez a ratos, pero también la emoción de conectar con nuestro interior  y con las personas cercanas, la capacidad – diría que mágica si no fuera porque no quiero parecer acientífica-  de convertir un dolor en alegría, un trauma en evolución, una pasión en un proyecto vida.

En la era de la hiperconectividad  hay más seres que nunca convertidos  paradójicamente en zombis de fin de semana, o de días sueltos, o de cada día. Zombis a los que querríamos poder conectarnos y traer de vuelta a este mundo imperfecto del ser,  o a otro mundo que en conjunto fuéramos creando, porque cualquier  mundo del ser es mejor que el noser, que la desconexión,  en la que se encuentran.

Volved zombis, please.

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